jueves, 1 de diciembre de 2016

Maldito amor. Rosario Ferré (Puerto Rico, septiembre de 1938 – febrero de 2016)

Libro. Editorial Emecé, 1998. Primera edición en 1986. 253 páginas.



Fortaleza, Viejo San Juan. Puerto Rico.


El gran compositor Hector Berlioz refería esto: “Se dice que el tiempo es un gran maestro; lo malo es que va matando a sus discípulos.”

En un sentido menos siniestro puedo decir que estoy sometido a una seria hambruna de tiempo, aunque no me matará de inanición. Lo que explica mi escasa presencia en el blog. A decir verdad, algunas horas  sueltas siempre acuden a tu rescate, pero esas las dedico, después de la familia, a leer y pasear, así que no había más remedio que robárselas al blog. Sin embargo otro contratiempo de impredecibles consecuencias está ya al caer, estamos inmersos en plena fase de mudanza domiciliaria, por fortuna la distancia no va más allá de unas cuantas calles, pero es un incordio considerable y la conexión a internet, en la nueva casa, ha de pasar por una fase burocrática y logística inevitable, así que seré un vagabundo virtual durante algunas semanas. Esperaremos.

Maldito amor. Rosario Ferré.




Algo que siempre tengo que agradecer a mucha, y excelente, literatura latinoamericana, en este caso caribeña, es la riqueza léxica que despliegan en sus historias. Esto se comprueba rápido cuando el viajero de acá (España), aterriza allá y constata que hasta la persona de más humilde condición, habla un castellano con tal pulcritud y corrección que causa mi desconcierto al  pensar que a este idioma hermoso se le degrade tanto en su propia cuna.
Si tuviese que definir con una palabra la prosa de esta escritora escogería “exuberancia”.

Puerto Rico es una isla caribeña, y aunque eso implica varios matices, hay un impacto inicial que provoca en el visitante, la admiración por eso mismo, la generosidad de su naturaleza, una orografía muy heterogénea; llanos, cadenas montañosas, litoral con escarpados acantilados, o de apacibles e idílicas playas. Después las lluvias, haciendo del cielo un acto de contemplación que alienta en cualquiera el deseo de ser poeta. El agua suele caer como si fuera “El diluvio universal”, para luego dar paso a una plomiza  “calma chicha”.

Miles de especies vegetales, árboles impresionantes que se adentran en el mismo San Juan, ahí está el imponente Jagüey Colorado, un sinfín de aves y fauna exótica, por ejemplo las impresionantes iguanas que sueles encontrar a cada rato, ya sea en la ciudad o en pleno campo.

La geografía humana es igual de variopinta, en definitiva un peculiar cóctel (son los inventores de la piña colada), del que acaba bebiendo el imaginario colectivo de sus habitantes, ¿y qué es la buena escritura sin la base de un imaginario individual, y por añadidura colectivo, rico y extenso?

El cruce, la mezcla, todo aquello que sea antítesis de la endogamia intelectual, debería “parir” excelente literatura, y este es un buen ejemplo, como en el mismo sentido lo fue si hablamos de Gabo, Cortázar, Cabrera Infante, Llosa, etc, etc.

Rosario Ferré hace una fotografía social de esas que solo la literatura puede reflejar, poniendo el foco en la cotidianidad y otros gestos desapercibidos en los grandes tratados. Tiene un evidente interés histórico, pues las familias terratenientes de origen español, quedan perfectamente retratadas en sus usos y costumbres de ricos azucareros, tabaqueros, cafeteros y productores de ron. Y en  un aspecto más crudo de lo que muchas veces por  aquí nos ha llegado, exhiben sin reparos el racismo verbal y social hacia todos aquellos peones, sirvientes o simples convecinos de piel oscura o “moracha”.

Tiene mérito esta excelente escritora en plasmar sin titubeos el ambiente real de aquella época, lo aclararé.

R. Ferré es hija de una ilustre familia puertorriqueña descendientes de aquella estirpe, “honorables familias españolas”, influyentes hacendados aposentados en sus elegantes mansiones coloniales , siempre con el estigma hacia el bracero, esa mano de obra con la piel oscura, el pueblo llano en definitiva, a quien consideraban descaradamente inferior e indigno de formar familias con aquellos “hidalgos hispanos”, cual Quijote, afectados de ínfulas nobiliarias.

Si bien ninguno pertenecía a la vieja nobleza española, no tardaron en cuanto llegaron a la isla e hicieron fortuna, en representar una burda, grotesca y patética imitación del rancio abolengo y noble latifundista que siempre les ninguneó en la Madre Patria. Cuando no atribuirse falsamente unos antiquísimos y señoriales orígenes.

La sucesión de acontecimientos, sobre todo trifulcas, entre los miembros de una misma familia, y de éstas con otros clanes rivales es trepidante, lo que redunda en un ritmo narrativo muy vigoroso, una lectura muy viva, impactante que no atropellada, de estímulos visuales, olfativos, táctiles a flor de piel...

Una narración que se disfruta porque apela a los sentidos, y aunque parece escamotear el acto reflexivo también otorga la posibilidad, pero no siempre te lo brinda en bandeja, porque estás apabullado con esos aromas y tonalidades, acaloramientos verbales, reacciones viscerales… es decir, un léxico que cae sobre el lector como los chaparrones tropicales, cuando el cielo caribeño literalmente se resquebraja sobre todo lo que hay debajo.

Después llega la calma aplatanada en la isla, que es como decir en el libro, y ese masticar lento de las palabras, ese acto rumiante que el lector hace con los conceptos, preludio de la reflexión en obras más… ¿abstractas? aquí también ha lugar.

Y te deleita con su exquisita escritura en otros aspectos, como la muerte:

“La muerte de mi padre me enseñó una lección terrible, don Hermenegildo: nuestro amor por los muertos, como los témpanos, solo puede medirse por el tamaño de nuestro resentimiento. En la superficie todo anda bien, navegamos la mar, la mar en calma, pero con el tiempo los recuerdos de las injurias que hemos sufrido a manos de nuestros muertos queridos se van depositando, adhiriéndose unos a otros al fondo insondable de nuestras conciencias, como un sedimento turbio y mortal. Comenzamos a pensar entonces en todo lo que, por pudor o respeto, nos callamos y no les dijimos en vida, y esas verdades comienzan entonces a enconarse al fondo de nuestros corazones, a formar lentas pústulas de odio, o, lo que es lo mismo, llagas que supuran un amor mortal. Los vivos tenemos entonces que comenzar a desembarazarnos de nuestro muertos, que comenzar a olvidarlos; tenemos que empujarlos tiernamente a un lado, o arrancarnos con violencia ese abrazo de hielo con el que intentan hundirnos, (…)”

Así escribe Rosario Ferré. Magistral.

El torrente te arrastra, la lectura se desarrolla con la furia de un aguacero caribeño (son impresionantes), y hay que dejarse empapar. Ahí nadie usa paraguas para las lluvias, solo para protegerse del sol mientras acuden a la iglesia.

Me gusta “algo” que entreveo en esto último que cuento, puede ser una bonita metáfora, como en el chaparrón, también con los libros hay que “dejarse empapar” , que las gotas (las palabras) penetren por los poros,  ser permeable a la lluvia y a las palabras que nos aguardan en los libros. A veces leer es como dejar que la lluvia empape todo tu cuerpo y sentir a las gotas surcando tu piel.

Volveré por aquí, no dejaré de visitaros, también sois como esa lluvia vivificante que, por escasa y preciada, nunca dejo de buscar.



martes, 18 de octubre de 2016

El descubrimiento de la lentitud. Sten Nadolny (Alemania, 1942).

Libro, Editorial Debate (bolsillo) 1993. Portada, The Lookout, Jonh P. Benson

Traducción de Teófilo de Lozoya. Narrativa, 395 páginas.




Asturias


Días atrás me enteré de la siguiente noticia, ocurrida a mediados de septiembre del año en curso:

“Hallan el HMS Terror de John Franklin hundido en el Ártico hace 170 años”


Mi sorpresa no hubiera ido más allá de la curiosidad inicial por este hecho sino no fuera por una circunstancia; muy poco antes de producirse el hallazgo de esta fragata inglesa, cuando sus avatares solo eran un secreto enterrado en el polvo de una vieja librería, y de unos pocos estudiosos, yo había concluído esta lectura de Sten Nadolny en donde se novela la vida de sir John Franklin, persona que existió, nacido hacia finales del s.XVIII, explorador británico, capitán de la Royal Navy y por un tiempo gobernador de Tasmania, función que abandonó para liderar, ya con sesenta años y tras varios intentos fallidos en el pasado, una expedición al Ártico de la que nunca regresaron, ni siquiera se los encontró. Él capitaneaba el… HMS Terror.


No sé muy bien como interpretar estas cosas, me explico; termino de leer el libro, su historia, e intrigado me pregunto que sería de aquellos hombres, de sus barcos, pues seguían desaparecidos cuando acabé la lectura a principios de septiembre… y transcurridos unos días, después de 170 años… ¡Zás! Encuentran, para mi estupor, la fragata, el HMS Terror.

¿Por algún designio inexplicable, tenía que leer este libro caído en el olvido, sobre el que mi mano se posó entre centenares de la vieja librería allá por agosto,  para que hallasen al fin la fragata desaparecida 170 años atrás en el inhóspito Ártico? Es posible, más no explicable.

¿Y si aún no hubiera leído el libro seguiría oculta  en el gélido mar? Idéntica conclusión.

Para empezar las impresiones sobre el libro, no está mal…

El descubrimiento de la lentitud, precioso título, ¿verdad? Además es de esos que expanden tu pensamiento mucho más allá de su vinculación con el libro y te obligan a hacerte preguntas.

En la mitad del mundo, “el acelerado” la lentitud debe ser tan escasa como un animal en peligro de extinción, en estos tiempos vertiginosos de “progreso”, la dinámica de  tales sociedades, de insaciable apetito por la “última novedad”, actúa como un superdepredador que todo aniquila, incluso a la lentitud. Es decir, no solo aquello tangible, como un bosque convertido en una urbanización, también lo intangible, como la lentitud, o el acto de conversar.

Os voy a contar algo, hace poco estuve en un restaurante con mi familia, en una mesa contigua se sentó un padre y sus dos hijos (dos chicos adolescentes), nada más pedir al camarero, sacaron los tres sus respectivos teléfonos móviles y ya no se dirigieron la palabra, ni se miraron a la cara, durante un cuarto de hora o veinte minutos.

¿Qué nos está pasando? 

Si un petirrojo se posa en el banco de un parque, junto a un grupo de jóvenes, sabrá alguno que ese pajarillo es un petirrojo? Más aún, lo mirarán siquiera.

Todo esto viene por preguntas que me ha suscitado el título
de esta obra.

En fin.

De algún modo, esto es cierto, me embarcado allende los mares con Sten Nadolny y su peculiar enfoque sobre la vida de J. Franklin, fascinante desde luego. Digo peculiar ya que el autor se permite una licencia literaria, es escritor y puede trastocar la realidad, faltaría más, y atribuye al personaje una desconcertante lentitud para todo. En realidad parece que J. Franklin no era más lento ni más rápido que cualquiera de nosotros. Pero eso poco importa.


Contaba mi itinerario con el libro, huimos del hostil verano madrileño y emulamos los grandes viajes del protagonista realizando una travesía memorable, que nos llevó de Madrid a Asturias, en busca del frescor cantábrico, para al cabo de una semana atravesar el Atlántico y recalar en esa preciosa isla caribeña llamada Puerto Rico, hasta el regreso a casa.





Cabo Vidio, Asturias

Es como si los personajes de la historia me hubiesen pedido un último deseo, una singladura oceánica antes de encallar indefinidamente en mi librería. Deseo concedido. Eso sí, siempre guiado por el carismático J. Franklin, explorador marino y el protagonista del relato. El propio libro recoge en las páginas finales unas notas biográficas de este aventurero, no otra cosa puedo considerarle.




Puerto Rico

Presumo que Sten Nadolny tampoco será muy conocido. Reproduzco la semblanza de contraportada. 

Sten Nadolny nació en Alemania en 1942. Es licenciado en historia y vive en Berlín. En 1981 apareció su primera novela, Netzkarte. Ganó el premio Ingeborg Bachmann en 1980. Más adelante, ha sido galardonado con los premios Hans Fallada (1985) y Vallombrosa (1986).

Es todo lo que dice.

J. Franklin es un auténtico lobo de mar sin apariencia de ello. Desde los catorce años se adentró en todos los océanos y mares conocidos, participó en varias contiendas navales, contra Napoleón, los daneses en el puerto de Copenhage, los norteamericanos que clamaban por la independencia de Inglaterra y algunas más.





San Juan de Puerto Rico

 Lo  sorprendente de este trajín bélico es que el bueno de John, aparte de salir vivo, ya nos revela al principio su dificultad para comprender que significa ir a una guerra, atacarse unos a otros hasta morir por una entelequia llamada “el honor de la patria”.

De hecho nunca lo entendió. Claro, una vez ahí, defendió su vida. El solo quería navegar hasta los rincones del orbe, descubrir nuevos territorios, y la vía más rápida fue ingresar en la Royal Navy para formarse como oficial, entonces algún día comandaría su propia fragata en busca de lo desconocido. El altísimo precio a pagar era jugarse el pellejo en las batallas navales para salvaguardar el buen nombre de Inglaterra.

Dicho todo esto, lo que muestra el libro de Sten Nadolny no va de esto.

El escritor ha planteado la obra desde una perspectiva muy peculiar, lo que revierte en una lectura original. No es tanto el desarrollo de los grandes viajes marinos y los enfrentamientos navales, que están, como lo que se intuye bajo el sugerente título, “El descubrimiento de la lentitud”, por ahí va el asunto…


Todo lo que a uno le provoque el enunciado configura la esencia de esta historia entrañable. La de un niño, J. Franklin, que ya en su Spilby natal, villa de marinos, parece que la vida discurre ante sus ojos con una lentitud que exaspera a quienes le rodean y demasiadas veces a él mismo, pues no es de lento proceder por voluntad, sino por naturaleza.

Él se revela contra su naturaleza, pero ésta es sabia y será consciente de ello en futuros episodios. Así que tenemos un chiquillo de cadencia relajada en su forma de estar en este mundo, en el hablar, en responder, en pensar, en reaccionar, en reír, en llorar… incluso en besar.

Esto le irá obligando a asumir los acontecimientos y resolver las vicisitudes de la vida con una actitud como mínimo especial.

Se entrega a la observación de las cosas con una minuciosidad patológica… lo que salvará vidas en las batallas. Y en alta mar, cuando las fragatas surquen mares violentados por las tormentas.




Playa Vallina, Asturias

Al fin y al cabo, ¿Quién se detendría, noche tras noche, hora tras hora, minuto tras minuto, a contemplar las estrellas y trazar mapas mentales en sus equidistancias?

¿U observar el desplazamiento de las nubes hasta tomar buena nota de sus direcciones… según el viento que sople?

J. Franklin ve mapas en el cielo, si un sextante se malogra detecta señales en las nubes que le anuncian la latitud, una mirada al ralentí registra muchos acontecimientos.

¿Y quién se queda en silencio ante una pregunta relevante para responderla al día siguiente, después de haberle dedicado 24 horas a pensar su respuesta desde todas las perspectivas posibles?

Pensar lento no significaba ser estúpido, al contrario, la lentitud de pensamiento hacía que dicha facultad considerase una multitud de detalles inapreciables, inverosímiles para la mayoría, sobre una idea o hecho concreto. Luego sucedía que todos presenciaban boquiabiertos una solución impensable a un problema determinado. 

Observar la vida es una destreza de los lentos. Pasar por la vida sin detenerse es una torpeza de los rápidos. Sin embargo unos y otros se necesitan. J.Franklin sabía que necesitaba a los otros. Los otros, en su mayoría, no eran conscientes de cuánto necesitaban… al lento. Llegarían a saberlo. 

Sí, J.Franklin solía dejar atónita a su concurrencia, a medio camino entre la fascinación y la ofuscación. 

Para un auténtico marino la tierra firme puede ser más ingrata que el mar: 


“Dudas y nada  más que dudas. En el mar no las había.”



Bahía Fajardo, Puerto Rico

Pero en realidad, ¿cómo era este hombre? 

He buscado largo rato por el libro, husmeando párrafos por aquí y por allá para mostraros algo fiable, y lo he encontrado en unas líneas, de repente me he sumido en esa misma lentitud y advierto un fragmento en el que J. Franklin, de regreso al pueblo tras uno de sus largos recorridos marinos, es abordado por un niño para que le cuente como son los animales que había en el otro confín del mundo. 

“John se sentó y le contó una historia sobre un varano gigante, un lagarto que llamaban salvator. 

Había visto el varano en Timor, pero ahora se asombraba incluso de que involuntariamente se le ocurrieran tantas cosas tristes sobre aquel extraño animal. 

- El salvator no huye, pero tampoco le gusta luchar. Va contra su naturaleza. Es tan listo como un hombre y le gusta tener amigos. Pero a penas si se mueve, casi siempre se está ahí quieto, por eso no tiene muchos. Vive más que todos los animales. Sus amigos mueren antes que él. 

- Entonces, ¿qué sabe hacer? –preguntó con impaciencia el niño. 


- Es modesto y pacífico. Solo le molestan las gallinas. Se las come siempre que puede. Muchas veces no ve bien lo que tiene delante de los ojos… "







Puerto Rico


Imagino que esta es una sutileza de Sten Nadolny, una descripción camuflada, creo yo, del propio J. Franklin. En las características de este lento animal se reflejan los rasgos que definen al protagonista. 

Y ahora la pregunta del millón. 

¿El descubrimiento de la lentitud es un libro de esos que se dicen “lentos”? 

Es una pregunta trampa, pues no tengo una respuesta específica a dicha cuestión. Lo cierto es que, a pesar de haber escuchado multitud de comentarios o teorías al respecto, nunca he tenido claro lo que significa un “libro lento”. ¿Escaso de acción, introspectivo, un ritmo narrativo sin mucha fluidez, un clásico japonés, o… ? Ya digo que escuchado o leído bastantes opiniones y no me convencen del todo. Lo que si me consta es que tal apreciación de una lectura casi siempre es expuesta en sentido peyorativo, como una desventaja. 

No sé si de la misma forma que hay personas lentas (que haberlas haylas) cabe considerar  libros lentos (¿en oposición a libros rápidos? 

A veces creo que cuando alguien afirma dicha particularidad, en realidad lo que está revelando es la celeridad de su vida. No deja de ser una percepción tamizada por el subjetivismo de cada uno, caben tantas consideraciones como maneras hay de vivir. Ahí lo dejo. 


Asturias


Sin embargo tras concluir esta historia, me ratifico en lo que ya pensaba; existe todo un mundo de matices, de detalles que solo puede ser percibido por alguien como J. Franklin. 

Imaginad de qué forma tan profunda se muestra el mar, el cielo, un recuerdo, un amanecer, una lágrima, una palabra, un beso… para la lentitud de J. Franklin.


Ya que estamos con lo lento, el otoño es ideal para entregarse al placer de pasear, caminar despacio, mirar a tu alrededor...










Y Como sucede año tras año...

Los que se van





Los que vuelven




Los que se quedan




Conversación con mi hija Izaskun de cinco años, hace unas horas mientras contemplábamos las nubes otoñales desde la terraza, descubriendo la lentitud a nuestro modo:

¿Papá, el cielo es tan enorme que llega hasta Francia?







- Incluso más lejos, cariño.

jueves, 29 de septiembre de 2016

MADRID – ASTURIAS – PUERTO RICO… La familia y unos libros.


Vuelta a casa, en Pozuelo, el otoño nos recibe. Adiós verano. Foto P. Castillo.


En "nuestro pueblo", Asturias, pasado verano. Foto P. Castillo



Faro Cabo Vidio en Oviñana, Asturias. P. Castillo


He aquí lo que dio de sí este verano que ya nos dejó, para consuelo de no pocos, seguro.

Ha sido un periplo viajero peculiar, pues tras una semana vacacional en tierras asturianas, llegamos a casa en Madrid, para hacer las maletas a toda prisa y volar dos días después hacia Puerto Rico. Araceli, mi mujer, nuestra hija mayor, Izaskun de 5 años, la bebé, Itziar, de poco más de cuatro meses (sí, fui papá a mediados de mayo), y quien escribe.

Araceli tiene parientes en “La Isla del Encanto” como se la conoce, son unos familiares a los que está muy unida (especialmente su tía Angélica).
Ante el requerimiento de la tía para visitarlos, año tras año, allá que nos fuimos todos hacia finales de agosto, un par de semanas a la casa familiar en San Juan de Puerto Rico. No teníamos previsto ir y se decidió poco antes de partir a Asturias, su tía nos avisó de vuelos directos a la isla con unas rebajas de precio irresistible, y  teniendo en cuenta que ahí siempre tenemos la casa disponible dijimos: es el momento.

Captando instantes en el Viejo San Juan de Puerto Rico. Fotos P. Castillo.


Típica tarde de domingo para los sanjuaneros en la pradera de El Morro. 
Fortaleza El Morro al fondo




Adoquinado azulado original.









Faro en la Fortaleza de El Morro, S. Juan al fondo.


Izaskun curioseando por la Fortaleza San Cristoblal, al otro extremo de S. Juan.

Fortaleza de San Cristobal. Lagarto con el mar caribeño de fondo.


Curiosamente en la isla hay una amplia colonia de descendientes asturianos. En cualquier caso tampoco es de extrañar habiendo sido antigua colonia de ultramar española, antes de pasar a manos estadounidenses en 1898.

¡Madre mía! ¿Pero esto es el Caribe?

Estos destinos caribeños nunca han sido viajes ansiados para mí, pero una vez puestos los pies en tierra puertorriqueña reconozco que fue un flechazo, la geografía y el paisaje agreste, generosamente poblado de un sinfín de plantas, árboles impresionantes y verdor permanente me sedujeron al primer instante.

Mi desconocimiento ante lo que iba a encontrarme en la isla caribeña provocaba este asombro inicial por lo que presenciaban mis ojos. El primer comentario a  Araceli fue: “ ¡ esto es Asturias dentro del Caribe ! ”.








Viajando por el interior, valles y montañas. Fotos P. Castillo.


Bonita panorámica desde la espectacular Cueva Ventana
Distrito de Arecibo, Puerto Rico.


Araceli e Izaskun en Cueva Ventana





Fotos superiores, Bosque lluvioso El Yunque. Paco Castillo.
En la última, ahí ando bajo una espectacular caída de agua (fotografiado por Alex, nuestro estupendo guía)

Claro, cuando el interés es discreto uno no indaga mucho más allá de la consabida postal que te ofrecen los folletos turísticos; una solitaria playa de blanquísima arena abarrotada de palmeras, obviamente eso está , pero en Puerto Rico no deja de ser una pequeña representación de lo que realmente hay en la isla, bastante más que unas playas deslumbrantes. Tanto en el interior como en la costa una naturaleza casi intacta acapara el territorio, mires por donde mires el verde es omnipresente en toda su variedad cromática.

La geografía puertorriqueña me remitía al verde intenso de los paisajes asturianos, pero además su estampa de pueblines a medio asomar entre la bruma de los valles, de un verdor radiante, con las vacas pastando por aquí y por allá, también estaban en el rincón caribeño.

Resulta que de espaldas a esas playas de arena fina y blanca flanqueadas por cocoteros al pie de una exuberante vegetación, hay un paisaje montañoso, escarpado e imponente que no esperaba, frondoso hasta decir basta, salpicado de granjas, haciendas y pueblecitos muy coquetos que parecen pintados con acuarela, la mezcolanza de colores que exhiben las casas, de todas las tonalidades posibles, se asemeja en la distancia a un arcoíris desordenado y desplomado sobre el suelo, y sin embargo queda perfectamente amalgamado en el entorno. No falta ni sobra nada. Así es Puerto Rico.

El turismo no está tan explotado como en la vecina República Dominicana, y algo que puede sorprender, ni siquiera es el principal sector económico, excepto en la capital cuyo puerto marítimo suele recibir regularmente cruceros.

Eso significa que la mayoría de su naturaleza está libre de atropellos urbanísticos, incluso de ciudades grandes. De hecho apenas es destinataria del turista europeo, no digamos ya del español, vienen muy poco ya que éstos recalan en R. Dominicana, destino bastante más barato en el que, por cuestiones de seguridad, se lleva lo de permanecer encerrado en el complejo hotelero con “el todo incluido”. Para gustos… No es lo mío.

El turista por excelencia es el norteamericano, recuérdese que la isla tiene el estatus de estado libre asociado a los EUA y los puertorriqueños tienen la ciudadanía estadounidense, (aunque no pueden votar en la elecciones si no son residentes dentro de los UEA). Así que los norteamericanos se sienten como en casa, misma moneda y normas, amén de una población mayoritariamente bilingüe. Pero incluso así, este turismo se concentra en apenas dos o tres puntos geográficos de la isla y el resto, que es grande, queda fuera del circuito guardando sorprendentes maravillas, en definitiva tiene mucho más que El Viejo San Juan de Puerto Rico, bellísima ciudadela, y dos o tres enclaves más.

Nosotros mismos lo pudimos comprobar ya que en esos 15 días recorrimos la isla de norte a sur, de este a oeste y de la costa al interior. Pudimos hacerlo por la sencilla razón de que el primo, Jaime, es propietario de una agencia turística en la capital San Juan que funciona bastante bien (Bespoke es su agencia y ahí podéis ver que clase de excursiones hicimos), de las pocas que no ha despedido a empleados debido a la crisis económica, en Puerto Rico está golpeando duro, aunque yo no tuve esa impresión… Bueno, estaba de paso, viviendo ahí tal vez sería diferente, y en verdad la familia de Araceli hablaba sin tapujos al señalar las grandes dificultades económicas que actualmente atraviesa esta isla.

Sea como fuere sí parece evidente que el ser y el sentir de estos isleños fluctúa entre dos realidades o, nunca mejor dicho, nada entre dos aguas. Estas palabras de Rosario Ferré escritas en 1986 para la introducción de “Maldito amor” aclaran dicha particularidad, y como suele ocurrir con los grandes escritores, definen en pocas palabras toda la complejidad de sus semejantes, impresiones que encuentro acertadísimas:


Plaza de Armas. San Juan de Puerto Rico.

“Puerto Rico es un país de aproximadamente seis millones de habitantes (medio millón más ahora), tres de los cuales viven en la isla, tres en el extranjero. Los que sufren el insilio sueñan muchas veces con una isla que no existe más que en su imaginación; los que viven el exilio mueren soñando regresar algún día o se pasan la vida viajando entre uptown NY y downtown SJ (es decir, desde Nueva York a San Juan de PR), habitantes de esa aterradora tierra de nadie que sobrevuelan los aviones de Eastern y de Pan Am. La tragedia de los puertorriqueños puede decirse que es precisamente el tener tan cerca el paraíso, porque esto abona la falsa ilusión de poder regresar a él cuando queramos.”



Jaime y su hermana Lynnette ( mano derecha de Jaime, es la otra prima de Araceli) nos prepararon varios tours por toda la isla con algunos de los guías que tiene asalariados y los portentosos vehículos que ha ido adquiriendo durante estos años, con mucho esfuerzo… Al ser familia no nos dejó pagar ni un tour.
Menuda suerte, por que estas excursiones no son nada baratas, pero sí sorprendentes y exclusivas. Tiene su público, es un turista norteamericano más bien pudiente.

Vaya bicoca con el primo Luis Jaime…. Jejeje.

Me entusiasmó el Bosque Lluvioso El Yunque, una de las áreas que recibe mayor cantidad de lluvias en el mundo, o las Cuevas del Indio y La Ventana en la ciudad  de Camuy, el este de Puerto Rico. Aunque si hay algo que me ha dejado uno de esos recuerdos indelebles, también a mi hija Izaskun y Araceli, fue la Bahía Luminescente en la Parguera.

Os cuento brevemente esta experiencia que más parece una cosa de magia que real…

Hay unos microorganismos marinos llamados dinoflagelados bioluminiscentes (luciérnagas marinas y otros organismos) que originan uno de los acontecimientos naturales más espectaculares que una persona puede vivir y presenciar, solo existen cinco áreas marinas en el mundo (bahías, playas y manglares), que concentran estos microorganismos de forma permanente, no estacionaria… Tres de estos lugares están en Puerto Rico, de estos tres en la isla nosotros estuvimos en dos, el de Fajardo, con kayaks, y la Parguera, que fue la mejor, situada en el sureste de Puerto Rico.

Después de algo más de dos horas en coche desde San Juan, llegamos a la localidad turística  de la  Parguera, desde ahí embarcamos en un pequeño yate y navegamos unos 15 minutos hasta llegar a un manglar enorme que se unía a una bahía. Bajo el cielo nocturno caribeño, despejado y salpicado de millones de estrellas, nos pusimos unos chalecos acuáticos, nos metimos en el mar y empezó la magia…

Estos seres diminutos al contacto con el movimiento de nuestro cuerpo (u otro objeto) se iluminan, sí, igual que las luciérnagas en la tierra pero dentro del mar, de tal forma que vas nadando entre el cálido y calmo mar caribeño iluminado por miles de seres que se ciernen a tu alrededor, millones de estrellas bajo el agua mientras que encima de tu cabeza te contemplan otras tantas estrellas en el cielo… Cuesta imaginarlo.

Nunca olvidaré la expresión de mi hija, Izaskun, mientras flotaba iluminada en el mar: “Mira papá, soy como Campanilla” (la de Disney), me decía fascinada. Solo por volver a vivir esto, regresaría otra vez, seguro que lo haré.

Lástima que no tomé fotos, por miedo a perder la cámara en el fondo marino… Lo tengo todo en la cabeza. Las que os muestro son de internet, en los mismos sitios.






Imaginad la cara de un niño flotando en ese mar... Izaskun lo vivió.


Como ya pensaréis, unos cuantos libros me acompañaron en todo este itinerario Asturias- Madrid- Puerto Rico.


Museo de América, Madrid. Paco Castillo.




Asturias, (arriba en Valdredo, abajo Cabo Vidio)

Bahía Piñones. Puerto Rico. P. Castillo


Fragata peruana fondeada en San Juan de Puerto Rico.



Fortaleza de El Morro (San Felipe) Puerto Rico.

Con Imre Kertész en la Fortaleza de San Cristobal.
Al fondo la fortaleza de El Morro, despuntando su faro (P. Rico)

Mucho antes de que el viaje fuera siquiera un proyecto, por mis estantes ya había una autora boricua (puertorriqueña), sin leer, se trata  de Rosario Ferré (mencionada más arriba), y su libro “Maldito amor” (Emecé, 1998), cuyo ejemplar hace años que descansaba en mi librería.

¿Qué mejor ocasión para leerlo si viajas a los escenarios reales de la obra?




Izaskun, Araceli y la bebé, Itziar, por el Viejo San Juan

Rosario Ferré viajó conmigo desde Madrid hasta su tierra, Puerto Rico. Paco Castillo

Una vez en el Viejo San Juan, caminando por ese coqueto adoquinado en piedra azulada de tiempos pretéritos, poco tardé en preguntar y averiguar la existencia de una entrañable librería muy apreciada por los lectores sanjuaneros, me refiero a La Tertulia, lugar modesto en dimensiones pero inabarcable en sensaciones, como suele ser en estos sitios.



La fachada azulada es la librería La Tertulia. Paco Castillo

Ya dentro y ojeados sus estanterías rebosantes de libros, me dirigí al afable Javier, el propietario, y le pregunté sobre narrativa puertorriqueña actual y también alguna obra de largo recorrido en el tiempo, más arraigada en la memoria de la isla, inquiriéndole sobre sus preferencias personales me mostró, en el primer caso, a Eduardo Lalo y su “Simone”, por la que fue galardonado en 2013 con el Premio Internacional de Novela Rómulo Gallegos, uno de los certámenes más prestigiosos en lengua castellana.

En el segundo caso no dudó en sacarme de los anaqueles “La guaracha del Macho Camacho”, de Luis Rafael Sánchez que a sus ochenta años es uno de los nombres ilustres en las letras puertorriqueñas. Javier me confesó que casi todas las tardes el escritor acude a la librería, se sienta en alguna de las banquetas que hay, curiosea libros y conversa con el propio Javier u otros clientes… Me entusiasman esas confidencias de los libreros.





Frente a la librería La Tertulia. San Juan de Puerto Rico. Paco Castillo.


Fortaleza San Cristobal. Puerto Rico.


San Juan de Puerto Rico. Paco castillo, 2016.

También yo le mostré mi ejemplar de Maldito amor, y me confesó su sorpresa por desconocer tal edición (Emecé, 1998) que observó con avidez y le agradó, me enseñó otra actual… pero me gustó más la mía.



Me arrepentí (igual que en la Bahía Luminiscente) de no haber hecho fotos dentro de la librería,(aunque sí hice por fuera), pero tenía que reunirme con las peques y mi mujer, que andaba unas callejuelas más atrás buscando donde degustar un espléndido café isleño, y lo encontró.






Bueno, alguna cosa más contaré cuando hable de mis “libros sanjuaneros”



La poesía de Hjalmarsson (y algún libro más), se ha movido de un océano a otro, de las aguas del cantábrico hasta el mismísimo Triángulo de Las Bermudas, que lejos de provocarme algún extraño fenómeno después de bañarme en sus aguas, me transmitió una quietud de lo más incitadora para leer… ¿Aunque… acaso adentrarte en un libro, llevarte fuera de tu realidad, no tiene algo de “fenómeno extraño”?


Asturias, Cabo Vidio. P. Castillo, 2016

Asturias, Soto de Luiña. P. Castillo, 2016

Playa "Ocean Beach", San Juan de Puerto Rico. 2016

Una playa a 20 minutos en "carro" en las afueras de San Juan PR.


Playa Vallina, Valdredo (Asturias)



San Juan de Puerto Rico.

Senda a la playa Vallina, Asturias.

Playa Vallina, Asturias. P. Castillo.



Seguimos en el camino...




Izaskun disfrutando en una solitaria playa caribeña, al atardecer.



Asturias, en algún sendero. P. Castillo